Reverie

Rafael Ramírez Escoto

Reverie

Ediciones en Huida (Sevilla, 2014)

82 páginas / 12 € (papel)

Rafael Ramírez Escoto no es de aquellos que “son poetas porque escriben poemas”, sino de los que “escriben poemas porque son poetas”, es decir, de quienes hacen primar la existencia poética como forma de vida personal, y conciben sus propios textos como imperfectas objetivaciones o residuos de ese modo de existir humano.

Dicho esto, que es básico, destacaré como uno de los rasgos principales de este nuevo libro su carácter dramático, cinematográfico, los personajes pensados en escenas en un poético blanco y negro, que va coloreándose conforme termina un siglo y comienza el siguiente y los personajes en acción hacia el abismo. Se trata de una poesía con lluvia y de café amargo, de niebla y luces hipnóticas, de alcohol y fuego, de promesas eternas que duran lo que tarda en llegar el amanecer más triste. Un conjunto de composiciones breves y dispares de contenido, que debiera leerse como un todo, como una construcción secreta, con un plan arquitectónicamente calculado, como una unidad de juicio en la pérdida de su juicio, y donde cada parte recibe su sentido correcto gracias a esa unidad.

Reverie, su título, es un sueño a ojos abiertos; en él se suprimen los escenarios dramáticos, y el soñador, o sea el poeta, y su Reverie entran en la felicidad del descanso, donde el alma se reposa y la imaginación vaga, libre, por universos fantásticos. A veces, no sólo los sueños, las fantasías marginales o los recuerdos, sino también la realidad misma parecen anunciar una conversión inminente, como promesa o prenda de otra realidad. Pero cuando la ensoñación, como ocurre aquí, sustituye a la realidad del día, se vuelve quimera, engañoso monstruo de varios rostros: entonces los que se ensueñan construyen estos castillos en la niebla.

Treinta y tres poemas-ensoñaciones con una coda final donde el poeta se sueña a sí mismo oculto al fondo, con un lápiz y una libreta anotando todos estos poemas. Ensoñaciones que se pierden en una serie de años que abarcan prácticamente un siglo, entre aproximadamente 1910, el poema de fecha más antigua y 2008, el de fecha más reciente, en un cúmulo de ciudades desfallecientes, entre las que París es la que más se repite. Ciudades durante los bombardeos de la segunda guerra mundial, durante el espionaje en la vieja Europa, durante el mayo francés.

Tiempos y espacios para mostrar la decrepitud y la corrupción, esos ambientes de los que tanto gusta Ramírez Escoto en sus poemas y que son como emanaciones del infierno. Aún en los espacios mejor iluminados, o en el oropel con que adorna algunos de sus versos, siempre hay en el fondo de todas las cosas cierta condición lúgubre y vana, un lodo esencial que todo lo ensucia. De ahí que sus personajes siempre se salven por ceder a sus propias miserias. Hay bares repugnantes donde refugiarse del miedo de las calles, de las deprimentes sombras del crepúsculo, tabernas de los muelles, cuartos lúgubres de pensiones anónimas, portales mugrientos, calles oscuras y nauseabundas, donde se codea la aristocracia del vicio, vagos adictos a la morfina, al ajenjo y a los versos, marinos pendencieros, violentos solitarios que se pierden por callejas infectas cuando anochece y en la bruma aúllan barcos, personajes de la noche, en fin, esa clase de tipos que no se sabe de qué viven. Sus amores son prostitutas, mujeres de la vida, antiguas beldades en decadencia.

No se trata de saber por qué una persona culta esencialmente amable, parca más bien, discreta, poco amante de pendencias y complicaciones, incluso admirablemente doméstico y pacífico con todo el mundo, como le calificó Manuel Ruiz Torres, puede convertirse en el más depravado, lujurioso, embriagado y mujeriego personaje sin haber perdido la inocencia. Como es de suponer, estos tipos no son necesariamente él mismo, aunque en un punto mayor o menor está en ellos como un ser consciente, y algún poema hay que nace del choque de él mismo contra su doble, ese personaje que es quien quisiera ser tal vez, y a quienes, termina, poema tras poema, por parecerse. O por pertenecerles.

Este es un libro de madurez, en él Rafael Ramírez Escoto demuestra un severo dominio de la técnica y presenta al lector poemas que tienen el aspecto de objetos perfectos en sí mismos y en su conjunto. Vuelve a ser enigmático, regresa al prosaísmo deliberado, a la magia del verbalismo, a la emanación del inconsciente, como resultado de una técnica y de una calidad estrictamente poética.

Les recomiendo que reparen el espíritu, aquieten los afanes cotidianos y abran de nuevo su puerta al poeta para que redescubran bajo su mirada creadora la herencia de su inconsciente colectivo.

José Manuel García Gil