Stuart Hample

Ponte en lo peor.
Woody Allen en tiras cómicas

Tusquets (Barcelona, 2012) / 240 páginas / 39 €

Haber visto todas las películas de Woody Allen y seguirle año tras año mientras iba acrecentando su bagaje como cineasta ha sido uno de mis grandes privilegios culturales y personales. La admiración es algo esencial porque la gente que admiras conforma parte de tu educación sentimental, y a este genio de Nueva York le debo tardes/noches gloriosas, profundas reflexiones y risas desopilantes en salas de cine múltiples y muchas de ellas ya desaparecidas. Desde hace bastante tiempo forma parte de esos personajes necesarios que se cuelan en tu vida para siempre.

Ahora sale a luz en España Ponte en lo peor, una selección de las mejores viñetas que, a lo largo de nueve años, publicó el escritor y dibujante Stuart Hample (fallecido en 2010 a la edad de 84 años) en la tira cómica titulada Inside Woody Allen, convertido aquí en personaje de cómic, y que se distribuía en varios periódicos de Estados Unidos. Este atractivo volumen lo edita Tusquets, en la que desde 1981 se han venido publicando en nuestro país sus guiones, sus obras de teatro, sus cuentos y sus ensayos. Un primer antecedente de este trabajo apareció en enero de 1979 –también en Tusquets- con el título No ser y ser algo.

Si Allen es un cineasta de sobras conocido, aunque él mismo se define como un cómico de cabaret que dirige películas, estas viñetas de Hample constituyen una de sus facetas menos conocidas. Precisamente, a principios del mes de marzo, ha salido a la venta el largometraje Woody Allen, el documental (Cameo), un filme de Robert Weide de tres horas y cuarto de duración que nos ofrece su biografía definitiva.

Ponte en lo peor consta de más de trescientas tiras publicadas entre 1976, mientras se rodaba Annie Hall, y 1984, año de Broadway Danny Rose, organizadas por los temas habituales del universo alleniano y reproducidas en sus pruebas de imprenta originales, mostrando todas las fases del proceso de edición, desde los bocetos a lápiz hasta las correcciones. Una experiencia total teñida de la pureza de las cosas aún no vistas. El libro cuenta con una introducción de R. Buckminster Fuller –lo peor para mi gusto- y con la traducción de Juan Manuel Salmerón.

Stuart Hample nos cuenta en las dieciséis páginas del prólogo, repletas de ilustraciones, por qué al principio tuvo que firmar con pseudónimo, cómo conoció al cineasta y de qué manera ambos trabajaron estrechamente –el director de Manhattan apoyó en su momento este proyecto- para construir esta existencia paralela que fue “la tira cómica que empezó con más éxito de todos los tiempos” (pág. 14). Muy interesantes resultan los consejos sobre la creación artística que aporta Woody Allen en el prólogo, que también contribuyó a estas viñetas en calidad de asesor.

Este maestro de los lápices aplica un estilo de dibujo basado en la sencillez de un trazo que, curiosamente, mezcla la caricatura y el realismo de forma muy semejante a la de Hergé.

En Ponte en lo peor, Woody Allen parece querer escapar de la fatigosa obligación de ser él mismo, obviamente sin dejar de ser él mismo, serlo de otra manera, en ocasiones más libre y menos previsible que cuando se aplica a cuadrar con su imagen más aceptada, viéndose abocado a repetirse. No obstante, su sentido del humor y su visión de la vida, su pesimista filosofía, sus neurosis y sus complejas relaciones personales salpican las viñetas.

Ya sea como director de cine, actor, escritor o ahora como personaje de tira cómica, este icónico judío de Brooklyn es ese amigo fiel –una persona a la que entran ganas de invitar a tomar café y pastas en casa- que nunca nos deja huérfanos de historias y descubrimientos gracias a su estajanovismo desmedido y a su talento inacabable. Artistas de su rango no abundan, ni aquí ni en ninguna parte.

Ahora toca disfrutar sin prejuicios de Ponte en lo peor, liberar betaendorfinas a nuestro sistema circulatorio y beneficiarnos del efecto terapéutico del humor para curar muchos de los males de nuestro espíritu.